María se había acercado al Amo y de pie con las piernas ligeramente abiertas dejaba que Fernando le soltase los pantalones a la altura del coño y dejase al descubierto los dos agujeros de la chica y jugase con ellos comprobando su humedad.
Ana desde hacía un par de años había sentido una pulsión sexual también hacia las mujeres, pero solo en una ocasión se había enrollado con una, pero no había pasado más allá de cuatro besos y caricias. Ahora iba a ser la sumisa sexual de su amiga.
“Zorra, empezaremos con tus pezones” Llevó a la cama una gran cantidad de pinzas de la ropa, había de madera y de esas de plástico de colores. También otras más pequeñas.
Cada poro de mi piel empezó a reaccionar. La voz del amo era seria y su miembro comenzaba a crecer y endurecerse. Una especie de sudor me invadió, no era miedo, era excitación. Deseaba ser usada, ver a mi amo disfrutar de mi cuerpo, gozar con cada centímetro de mi piel.
Ella me mandó a ponerme una faldita corta, con hilo dental y tacones, y en la parte superior, una blusita que dejaba casi todo al descubierto. Así, nervioso y excitado, me sentía dentro del auto, que ella conocía por la descripción: Plateado, de cuatro puertas, pequeñito y discreto.
Esta es una historia para mí quizás la mas sustanciosa, por llamarla de algún modo, porque significó mi definitiva y entusiasta adscripción al elenco sadomasoca.
