A la mañana siguiente me levanté tarde con mucho dolor de cabeza, por mi falta de costumbre de beber copas y fumar, no me encontraba bien, me fui al baño y me miré al espejo, tenía ojeras de dormir poco y los excesos, pero mi cara era distinta esa mañana, mostraba una satisfacción plena, y mientras me duchaba empecé a tocarme pensando en Rober, en como me había tratado, en el polvo que me echó, y en lo atractivo que era. Realmente era un hombre, no como mis compañeros de facultad de mi edad, o mi novio, me sentí culpable por ponerle los cuernos, y aunque Rober al principio del polvo me forzó, realmente a mí me gustó, por eso luego le busqué por la disco para hablar e intercambiar mails y así mantener el contacto. Era sábado y por la noche salí con Miguel al cine, pero yo no podía dejar de pensar en Rober y me mojaba las braguitas, Miguel me notó rara, no estaba con él, mi mente estaba con Rober.
Yo había sido destinado a Barcelona y había tenido que dejar a mi familia en Madrid y alquilarme un pequeño apartamento en la zona de Sants. A medida que pasaban los días me aburría mas y una noche acudí a uno de esos bares donde van los solitarios buscando un polvete. Había, por supuesto, muchos más hombres que mujeres y de estas ningún bombón precisamente pero eso era lo que había. Me acomodé en la barra, pedí algo de beber y me dispuse a esperar mi oportunidad. Pero pasaba el tiempo y no había muchas. Una mujer me llamó la atención casi al otro lado de la barra, era una madura de unos cincuenta años, entrada en carnes y más pintada que una puerta. No es que fuera guapa, es que me recordaba a alguien y no sabia a quien. Como si hubiera sentido mi mirada alzó la cabeza y me miró, entonces la reconocí, era Pilar, la ex -esposa de un primo de mi mujer.
